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El Rincón de Nuestros Colaboradores

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ALEX RUÍZ ESTUVO VIENDO A THE FLESHTONES EN LA SAL...

ALEX RUÍZ ESTUVO VIENDO A THE FLESHTONES EN LA SALA SOL.


Siempre comento de broma que a los Fleshtones se les debería llamar los Fiestones, pero el viernes 3 de febrero en la Sala El Sol me demostraron que mi intuición inicial era totalmente correcta. Es difícil ver hoy en día grupos con una energía vital tan desbordante, sin parar de girar, saltar, mezclarse con el público o tirarse al suelo. Y menos con cerca de sesenta años.


El lleno total de la sala hacía presagiar que se podía venir encima algo grande y los ecos que llegaban de sus otras actuaciones por su gira en España eran prometedores: que los Fleshtones no habían perdido en absoluto ningún ápice de fuerza. Uno siempre llega escéptico ante esos avisos. ¿Cómo van a mantener en serio el nivel de sus años dorados sin descoyuntarse? Y más aún cuando llevan una semana sin respiro por estas tierras castellanas. Pero lo hacen.


Se presentaron como solo ellos saben hacerlo. Camisas de colores chillones, entre lo kitsch y lo hortera, Peter Zaremba con un bigote que le asemejaba a un viejo ruso borracho y Keith Streng con su sempiterno ‘look’ a lo José Oneto daban una muestra muy gráfica de cómo es su música: divertida, desenfadada y evasiva. Los problemas personales se dejan en la puerta. Tocaba hora y media de desconectar del mundo real y vivir en la perpetua fiesta orgiástica de estos ‘Roman Gods’.

Jamás había quedado tan claro como en este concierto el por qué del título de su primer LP: el recuperar los valores hedonistas de la cultura clásica y la música báquica como celebración, como purgante de todos los males, algo latente en todo el garage-punk.


A pesar de esto, no tocaron nada del primer LP y se centraron en material más o menos reciente, como un sentido ‘Remember the Ramones’ que nos instaba a mantener siempre viva la llama del punk de la CBGB, el mítico club del que salieron ambos grupos (“we were there” decían). Ello vino después de una apasionada versión del ‘Day Tripper’ de The Beatles, quizás uno de los riffs más sexys de los Fab Four, tocada con un vigor superior al original.


Hablar de los Fleshtones, en el fondo, no es hablar de las canciones, sino del espectáculo circense que pueden llegar a montar para animar al público y ofrecer un show al alcance de unos pocos. Zaremba se atrevió con un curioso zapateado mientras el público le tocaba las palmas y Ken Fox le dejó su bajo a una persona del público mientras acompañaba a Zaremba en sus incursiones en la muchedumbre, formando una conga hasta la puerta misma de la entrada, donde tocaron su penúltima canción.


Acabaron con ‘Bigger and Better’, uno de sus hits más recientes, recapitulando todas las cabriolas y trucos que se puedan imaginar, pero para entonces el público ya estaba enfervorecido y se entregó a un pogo en primera fila que casi acaba con la salud tanto de ellos como de los que estaban alrededor. Al final, Ken Fox se despidió llevado en volandas por los tres miembros restantes jaleado por todos los presentes. Pero todos sabemos que no era un adiós, sino un hasta luego, porque si existe un pueblo con el que case su frenética concepción del ‘Super Rock’ es precisamente con el latino.

 


AGENT ORANGE EN EL GRUTA 77 por Alex Ruíz.

AGENT ORANGE EN EL GRUTA 77 por Alex Ruíz.

 

1980. Los Dead Kennedys publican ‘Fresh Fruit For Rotting Vegetables’ y demuestran que se puede mezclar la música surfera de Dick Dale o The Lively Ones con la reciente ola  - nunca mejor dicho – de hardcore punk que estaba arraigando en California, con Black Flag como bandera – nunca mejor dicho, segunda parte.


1981. Agent Orange publica su primer disco, ‘Living In Darkness’. El surf predomina por encima del hardcore, pero la fórmula es clara. Una reveladora ‘cover’ de Miserlou aparece en medio de la cara A y posteriores reediciones incluirían otra de Pipeline y de Mr. Moto. El disco se convierte en una obra clave del punk americano, pero su inconsistente carrera sotierra parcialmente su legado.


2011. Dead Kennedys continúa sin su cabeza pensante y la cabeza pensante de Agent Orange, Mike Palm, es la única que sigue en el grupo. Daba miedo pensar en qué clase de colaboradores había encontrado últimamente. Su último LP, ‘Virtually Indestructible’, allá por el 96, poco tenía que ver con el sonido clásico surf-punk de los de Orange County. La conclusión que se puede extraer tras hora y media de concierto es que todos los temores eran infundados.


Gruta ’77 hizo de escenario para este legendario grupo de punk, pero primero dio la oportunidad a una banda madrileña que transita entre el garage, el hard rock y el punk. The Government calentó el escenario de forma notable, aunque tuvo que lidiar con ciertos problemas técnicos. “Este tema quería ser northern soul y acabó sonando a Thin Lizzy”. Una frase reveladora para el sonido del grupo.


Acto seguido, el power trio californiano cogió sus instrumentos y abrió con Miserlou para despejar toda duda: el surf-punk seguía intacto. Sin embargo, el comienzo fue titubeante y frío. Faltaba engrasar la maquinaria, y el clásico ‘Everything turns grey’ sufrió de una mala ejecución desaprovechando uno de los mejores temas del catálogo de Agent Orange. A partir de ahí todo mejoró, aunque la voz de Palm seguía carraspeante y sin el rango de antaño.


Aprovecharon el momento para presentar su último single, con ‘Whistling Past The Graveyard’ y ‘This House Is Haunted’, mientras repasaban algún imprescindible como ‘Fire In The Rain’ o ‘Too Young To Die’, dedicada a la memoria de Amy Winehouse. La insistencia del público les hizo tocar una ‘cover’ de ‘Somebody To Love’ bastante regulera, pero más tarde se redimieron “motu proprio” con ‘Police Truck’ de los Dead Kennedys - ¡Y el círculo se cierra!.


Falso cierre de nuevo con ‘Miserlou’ y un bis en el que una gran interpretación de ‘The Last Goodbye’ cerró una agitada noche de hardcore espídico y desquiciado. No sorprende que a Palm se le rompiera una cuerda a la mitad. Sí que a Giordano – bajista – no se le rompiera un dedo. Pocos bajistas mueven los dígitos con tanta rapidez y precisión en una banda así. Quizás todavía quede algo que esperar del grupo en los próximos años….



NUESTRO REPORTERO ALEX RUÍZ ESTUVO EN EL MONKEY WE...

NUESTRO REPORTERO ALEX RUÍZ ESTUVO EN EL MONKEY WEEKEND Y NOS TRAE ESTA CRÓNICA.


Viernes 28


Quizás debido a la alta concentración de grupos de altísima calidad, los organizadores de la ya clásica cita con la música independiente Monkey Week decidieron calentar nuestros cuerpos y preparar nuestras mentes con cuatro artistas de lo más granado de los ‘showcases’, que ya alcanzan en cantidad números de tres dígitos. Marina Gallardo, The Adepts, Triz3ps y GAF Y la Estrella de la Muerte – en ese orden - dieron el pistoletazo de salida para cuatro días de locura en los que, este año sí, el tiempo no dio ninguna sorpresa.


Excepto Triz3ps, el tono de la música fue por lo general sombrío y oscuro. ¿Se debería, quizás, a su escenario – la antigua cárcel de la ciudad – o fue pura casualidad? El folk trovadoresco e intimista de Marina Gallardo tuvo el honor de poner la primera piedra de este MW y saldó con nota su actuación. Parece un tópico comparar a cualquier artista femenina de cierta ambición artística con PJ Harvey – o Kate Bush y Tori Amos – pero en este caso las comparaciones no sobran. Se podría trazar una línea desde sus obras más oscuras - ‘White Chalk’ por ejemplo – a esta eminente artista de El Puerto de Santa María.


En otro ángulo totalmente distinto – el del post punk y el shoegaze, por un lado, y el rock alternativo noventero, por otro-, la música de The Adepts se mostró igualmente opresiva y directa a tocar la fibra sensible. Guitarras etéreas e intangibles de escuela The Chameleons, atmósferas de Cocteau Twins y una voz similar a aquella de la irlandesa Dolores O’Riordan que se pueden encontrar en temas como ‘Crab grass’ o ‘The game’. Un grupo hecho para la noche y los ambientes recogidos.


Como un Al Green latino. Así salió el grupo liderado por Javi P3z, Triz3ps, devaneando entre el soul, el funk y el jazz con una vitalidad envidiable. El grupo, que en su momento era un trío de guitarra, batería y bajo, ha añadido ahora teclado – Hammond – y percusión, instrumentos que refuerzan su clara vocación retro y le dotan de un sonido mucho más compacto y diferenciado. Imposible no dejarse llevar por temas como ‘Domingo’ o ‘Incongruencias’, llenas de energía y entusiasmo y Javi P3z acabó recordando a su antigua banda, Parafünk, con un tema de su repertorio.


Sin embargo, como en un buen libro o película, lo mejor se reservó para el final, aunque también influye que el grupo se retrasara en la hora de llegada. GAF y la Estrella de la Muerte. Un nombre realmente sugerente que, a pesar de las apariencias, no está inspirado en Star Wars sino en la propia música del grupo, que abre paso al kraut, a la psicodelia, el avant-garde y, por supuesto, el post-rock, ya que los canarios cuentan con un ex de Tortoise, Rob Mazurek, junto a seis músicos curtidos en todo tipo de lides. Saxofón, trompetas, sitar, teclados, samplers y, en general, cualquier tipo de instrumento cabe en su repertorio, que, visite el campo que visite, tiene la mística como bandera. A veces se pueden escuchar tintes western – de Sergio Leone -; otras, folk; y en ocasiones, neo-kraut al estilo Stereolab. Lo más destacado, su sección de viento, con un marcado aire al low-rock de Morphine. Sin duda estos canarios son un referente en la música contemporánea experimental y debería ser cuestión de tiempo que ocupen el lugar que se merecen. En directo atrapan como pocos. Un estado de trance que solo la nota final es capaz de deshacer.


Sensaciones inmejorables dejó la fiesta de bienvenida al Monkey Week, que acumula ya tres ediciones reivindicando las bandas atrevidas y experimentales y recompensándolas con un entorno ideal para lucir sus encantos. Pocos sitios con tanto encanto y tan adecuados hay como el claustro de este convento del siglo XVI, y más para la música ‘underground’, que mira al pasado, al legado musical de antaño, con un ojo puesto en el futuro.


 

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Sábado 29


El primer día de festival propiamente dicho no pudo empezar de mejor manera. Neneh Cherry se confirmó como la reina del ‘underground’, Novedades Carminha practicó una suerte de garaje-punk de tradición gallega delicioso, Hawkwind intentó acercarse a sus tiempos de gloria con un espectáculo totalmente hipnotizante, Cápsula devolvió al ‘Monkey’ el significado de la palabra ‘rock and roll’ y el hiperactivo Meneo hizo de ‘rara avis’ en un festival donde precisamente los grupos “normales” no son los que abundan.


No obstante, Monkey Week es más que un festival, es un punto de encuentro de la música independiente en su totalidad, y lo pudimos comprobar desde bien entrada la mañana con los Monkey Keys, una serie de mesas redondas con profesionales del más alto nivel que debaten acerca de cuestiones clave de la música. Xavier Manresa e Iñigo Argomaniz, de APM; Pepe Rodríguez, de Musiserv y Live Nation; Carlos Espinosa, de Riff Producciones; y Albert Salmerón, de Producciones Animadas, abrieron el ciclo de debates con una interesante reflexión sobre el presente y futuro de los conciertos en sala frente a festivales y conciertos gratuitos.


La otra pata del Monkey Week son los ‘showcases’, es decir, conciertos de bandas emergentes que buscan promoción y que transcurrieron en nueve escenarios de la ciudad. El primero que vimos fue Robot, un conjunto de pop-rock con tintes a Devo y el ‘technopop’ ochentero que tiene como integrante a un muñecote delante de un teclado, pero su propuesta solo funcionaba a ratos, con temas como ‘Señores bizarros’ o el que cerró la actuación, ‘El gran día’, que se escapan de la fórmula pop más convencional.


Más cañeros fueron los madrileños Sons of Rock. A pesar de los problemas técnicos iniciales, su repertorio hard rock y blues fue ejecutado de una manera impecable. Sin embargo, no era nada ya visto antes, como tampoco lo fue His Majesty The King, que aportó la nota ‘punk’ y ‘noise’ a los ‘showcases’ y realizó un espectáculo divertido en el que sobresalió un tema cantado en español llamado ‘Imbécil’.


Minimoon y Guillamino, que tocaban en el mismo escenario, presentaron propuestas dispares pero unidas por los componentes electrónicos y sintéticos. Los primeros apostaron por una especie de ‘dance-rock’ que hunde sus raíces en New Order. El dúo usaba bajo ‘fretless’, teclados y ‘samples’ pero les costó poner de acuerdo toda esa maquinaria y se convirtió en un concierto accidentado y faltoso. Los segundos estuvieron más finos, pero su ‘electro-soul’ no sonaba del todo convincente.


Al fin llegó la noche y con ella el Monasterio de La Victoria de El Puerto de Santa María sacó de paseo a lo más granado del ‘underground’ internacional. Novedades Carminha rompió pronto el hielo con un ‘Jódete y baila’ que iba directo a la yugular, sin concesiones. Desgraciadamente, pareció que al público le pilló por sorpresa, porque la acogida al grupo gallego fue un poco fría, pero ellos siguieron haciendo lo que mejor conocen: ‘punk’ y ‘garage’ gamberro y de calidad. Las comparaciones con Siniestro Total ya empiezan a sobrar. El grupo cada vez va perfilándose más su propia personalidad, aunque tenían ciertos ‘tics’ de Black Lips – ese intento de morreo… No obstante, en su hora de gloria pudieron repasar todos los grandes hits de sus dos LP + EP, como ‘Échame gel’, ‘Santiago Apóstol’, ‘Ensalada de hostias’ o la pseudo-cover ‘Prove my love’ y cerraron un concierto más que digno.


Hawkwind representa la otra cara de la música, la de un grupo de viejos que no tiene que demostrar que lo mejor está por llegar, sino que lo mejor todavía no lo han dejado atrás. Como era de esperar, conjugaron artificios audiovisuales – algo rudimentarios –, unas bailarinas impresionantes – cada traje resultaba más espectacular que el anterior – y su ‘space rock’ acuñado entre Pink Floyd y ellos como evolución natural del rock psicodélico. Si bien su concierto no tuvo fisuras, se echaron de menos más temas clásicos. Sonó ‘Brainstorm’, sí, pero no lo hicieron ‘Master of the universe’, ‘Psychedelic warlords (Disappear in smoke)’ o la celebrada ‘Silver machine’. Al menos al final se acordaron de su potente ‘Hassa-i sahba’, esa celebración del cannabis con una puesta en escena cuanto menos peculiar, algo así como un Chimo Bayo y su ‘Así me gusta a mí’ un poco más light.


Sin duda alguna, la reina de la noche fue Neneh Cherry. Había algunos escépticos con su trayectoria reciente. Comentaban que se había decantado por el pop, que lejos quedaba ya de su tiempo en Massive Attack, que la edad le pasaba factura… Tonterías. Empezó con uno de sus primeros hits, ‘Manchild’, mucho antes de que formara plenamente su estilo y todavía incluyera grandes dosis de ‘hip hop’ y ‘R&B’, pero el arranque fue engañoso. A partir del segundo, ‘I’ve got U under my skin’, Cherry empezó a dar un auténtico recital de ‘trip hop’ y saber estar en el escenario. Se movía como cuando tenía 20 años – de hecho, calzaba sus famosas deportivas – y cantaba mejor que entonces. Hasta los nuevos temas – que conoceremos cuando saque su nuevo disco, en pocos meses – sonaban como hechos a mediados de los 90. Sus palabras no podían ser más acertadas: “This festival is about real music!!”. Por supuesto, acabó enlazando un ‘Woman’ con un ‘7 seconds’ que fueron celebrados y festejados por todo el público. El sonido desgarrador y desolador del trip hop pocas veces ha tenido mejor representante.


A Cápsula le tocaba la dura papeleta de ponerse al nivel de la reina, pero a éstos ya les conocíamos del primer Monkey Week y sabíamos de lo que eran capaces. El trío bilbaíno-argentino – o debería decirlo al revés, ya que dos tercios son del país sudamericano – nunca decepciona cuando hay que practicar el rock, y no la guerra. Stooges, Sonic Youth, MC5, Jon Spencer, Velvet Underground o The Who… cualquier influencia es buena  si quieres reventar el auditorio. Su postureo recuerda al de las estrellas del rock pasadas de vueltas: tirarse al suelo, ponerse de rodillas, agitar la guitarra, tirarla… Estos chicos son un homenaje a todo aquello que nos hizo engancharnos al rock en primer lugar. La bajista, Coni Duchess, ataviada con unas orejas de gato que no paraban de caérsele, recordaba enormemente a Kim Gordon, y el cantante no disimuló una de sus influencias – David Bowie – cuando decidió cantar cuatro covers consecutivas del ‘The rise and fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars’ – ‘Moonage daydream’, ‘Starman’, ‘Ziggy Stardust’ y, como no podía ser de otra forma, el clásico de los clásicos, ‘Suffragette City’.


La noche había abrazado en apenas cuatro grupos géneros tan diversos como el ‘glam’, el ‘punk’, el ‘trip hop’ o la psicodelia, pero ante tal despliegue de diversidad faltaba algo muy obvio, la música electrónica. Quisieron los organizadores que el representante de este estilo no fuera un productor normal y corriente, sino Meneo, la última sensación de la fusión chiptune-hardcore-cumbia, si es que esto produjera sensación. Lo cierto es que en pocas ocasiones se pudo ver al público tan divertido y entusiasmado como con este guatemalteco. Versiones de ‘Funkytown’ o ‘Take on me’ como si fueran de un Gradius cualquiera acabaron provocando que los asistentes invadieran el escenario y se pusieran a bailar con el excéntrico personaje.


El ‘dj’ Antuan tomó nota de su predecesor y abandonó sus vinilos ‘funk’, ‘soul’ y ‘rhythm and blues’ por el lado más salvaje de la electrónica y cumplió con nota la misión de cerrar el telón de una primera noche alocada que hacía difícil despertarse temprano para ver a otro genio de la electrónica: Cristian Vogel. Tarea que, al menos, yo no logré realizar.



 

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Domingo 30


A veces uno se encuentra con una experiencia que sabe que será única e irrepetible, y cuando digo, a veces, digo muy raramente. No obstante, si he de apostar por un evento en el que esto pueda darse, lo haría por el Monkey Week, y el domingo pasó en repetidas ocasiones. Primero, por la tarde, con Chupaconcha, un dúo de, como llaman ellos, hypnofunk, un raro cruce entre free jazz, psicodelia, funk y progresivo. ¿Cómo pueden integrarse tantas influencias en solo dos personas? Sencillo. Hay que tener un baterista magnífico que es capaz de ejecutar cualquier ritmo sin dudar ni un segundo, preciso y con una fuerza devastadora, junto a un trompetista que hace uso de más de diez pedales para conseguir todo tipo de efectos, loops y todo lo que se pueda imaginar.


Los dos italianos podrían haber estado, perfectamente, en los conciertos de noche, en los que, esta vez sí, sonó la música más ‘underground’ y experimental del mundo del rock. Levantó el telón Mugstar, entre el kraut hipnotizante basado en Neu! y el stoner moderno. Si el Monasterio de La Victoria, como monasterio y cárcel que fue, impone respeto de por sí, los temibles acordes de órgano que lanzaba continuamente Pete Smyth completaban una experiencia terrorífica que ganaba progresivamente en intensidad hasta ese ‘Bethany Heart Star’, que aparecía en el vídeo promocional del festival.


Oneida, quizás uno de los más esperados de la noche, siguieron a éstos y demostraron por qué son, desde hace casi 15 años, líderes de la música experimental en todo el mundo. En cada disco hacen lo que les viene en gana sin ningún tipo de ataduras y, por lo visto, también en directo: una demostración larguísima y apabullante de cómo tocar la batería, otro tema de enlace y el martilleante ‘Sheets of Easter’ para acabar. Una hora de concierto en tres temas. Si los fans del grupo nos quedamos con la boca abierta con la destreza de Kid Millions, el Hércules de la batería, los no fans o, incluso, los que no conocían a Oneida seguramente pensaron en qué tipo de tomadura de pelo era ésta.


Como la ley pendular de la historia funciona hasta en los conciertos, Bigott ofreció justo después su particular mix de folk, rock, tropicalismos y hasta ‘technopop’. En cualquier otro festival habría sido la propuesta no convencional, pero rodeado de estos gigantes de la experimentación se quedó justo en lo contrario, aunque funcionó igualmente como el fuera de lugar de la noche. El público llegó a su máxima asistencia coreando éxitos del atrevido zaragozano como ‘Cannibal dinner’ o ‘Dead mum walking’.


Para el final se reservaron los dos grupos más bailables del cartel, entendiendo la música de baile desde dos ángulos muy distintos. Holloys se entronca con la tradición africanista de Talking Heads o el mismo Fela Kuti pasado por el tamiz de las corrientes contemporáneas, ‘post-rock’, ‘math’, o ‘neo-prog’. Dos baterías, teclado, trompeta… El resultado puede recordar a bandas de ‘punk-funk’ o ‘dance-punk’ como Gang of Four, sobre todo en temas como ‘Eyes’, que evocan a la danza anárquica de Jon King en ‘To hell with poverty’.


Chrome Hoof es otra cosa totalmente distinta. El bajista y cerebro del grupo, Leo Smee, proviene de la escena del ‘doom metal’, y si esto hace que se nos vengan a la mente hombres melenudos vestidos de negro y meneando la cabeza. Lo que se pudo ver el domingo no tiene nada que ver con esa imagen. El caldo de cultivo del ‘doom’ sirve como base para una ecléctica mezcla de funk, ritmos progresivos y cualquier instrumento que al tocarlo haga un sonido… ¡Hasta un fagot! No en vano el grupo se considera a sí mismo una orquesta.


Los “hoof” se hacían de rogar, ya que estaban programados para la edición anterior del festival, pero las fuertes lluvias se llevaron por delante las ganas que había para ver a tan peculiar formación tocando en El Puerto de Santa María. A la segunda fue la vencida, y, ojalá haya una tercera, porque pocos podrán recordar algo similar en un escenario. La carismática Lola Olafisoye, con sus gafas de sol de aviador, ponía la voz y llevaba la batuta de un grupo difícil de dirigir, con los cambios de ritmo más sorprendentes de todo el festival. Como volver a ver Gentle Giant sobre las tablas. De hecho, su puesta en escena – todos ataviados con una especie de túnicas medievales en plena escena ‘disco’ – podía recordar a esos clásicos del progresivo obsesionados con la Edad Media y rivalizaba muy seriamente con lo visto el día anterior con Hawkwind.


No creáis que todo era progresivo. Al final, ‘Death is certain’. Leo Smee coge el micrófono, y el escuálido bajista se transforma en una bestia escupe-fuego. Vuelve Cathedral. Los melenudos pueden respirar tranquilos y seguir agitando la cabeza, solo que esta vez acompañados de un público completamente entregado a la apisonadora Chrome Hoof.

 

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Lunes 31


Cualquiera podría pensar que, después de casi tres días de tan altísima calidad musical en promedio, el último bajaría el pistón, devolvería nuestra frecuencia cardíaca a niveles normales y podríamos volver a la jornada laboral algo más relajados. Mentira. El ataque cardiaco jamás ha estado tan cerca como el lunes porque esta vez no solo la madrugada trajo unos conciertos fabulosos.


El primero fue el post-rock de los Commonplaces, grupo gaditano inspirado tanto en los clásicos del género – Mogwai, Explosions in the Sky, Tortoise… - como en el rock alternativo de Rage Against The Machine o el progresivo de The Mars Volta. Las complejas estructuras y los arranques de funk o hard rock intercalados así lo atestiguan. El boom del ‘post’ trajo miles de grupos clónicos basados en el juego de dinámicas y poco más, y de eso están advertidos estos gaditanos que llevan la fórmula un paso más allá.


Quienes llevan la fórmula un poco más acá son los Gypsy Aliens, una maravillosa banda jerezana de rock puro y sin adulterar. En su haber cabe todo aquello que lleve por impronta las guitarras desenfrenadas y el ritmo espídico del rock garagero y duro. Sobre las tablas son unos MC5 pasados de vueltas con aires a unos Muse de regreso a las salas pequeñas y sucias – figuradamente hablando.


Y quienes no llevan la fórmula acá ni allá, sino que no la tienen, son los No Way José!, que se despidieron ayer como grupo con su desquiciado setlist en el que se encuentran influencias tanto del surf rock como del underground americano y del post-punk. Sus canciones desembocan frecuentemente en secciones ruidistas inspirados en Sonic Youth hasta el punto de acabar el concierto con todo el mundo aporreando – y medio destrozando – la batería.


Sorpresa mayúscula fueron Amnesia, un joven grupo de indie rock con un sonido depurado y unas canciones de alta calidad que, de seguir así, pueden labrarse una buena carrera profesional. Power-pop con algunos solos que evocan a la energía indisputable de Chuck Berry y una sección rítmica inusitadamente conjuntada son algunas de sus características más notables.


Era el primer día que los conciertos de tarde podían mirar cara a cara a los de noche, pero Ken Stringfellow se encargó de dejar claro que también en el mundo del rock existen clases. El poderío vocal del ex de los Posies está fuera de toda duda, incluso de toda escala. Junto a los gaditanos Leda Tres, el legendario cantante que conmovió a tantas almas con el afamado ‘Frosting on the beater’ tiró por el lado macarra del “rocanrol” y versionó las canciones del musical Hedwig & The Angry Inch, una especie de Rocky Picture Horror Show basado en una mujer transexual cantante de una banda de glam que busca el verdadero amor. La música en sí también es glam, y de alta factura, una vuelta a la época de Bowie, Bolan y compañía con maquillaje exagerado, ropa chillona y un Stringfellow vestido de mujer que no paraba de revolcarse por el suelo, enseñar su ropa interior e interactuar con el público. ‘In your arms tonight’ sirvió para su lucimiento personal y, al recordar, el pasado como cárcel del escenario – Monasterio de La Victoria – hizo de excusa para cantar un emocionante ‘Wicked Little Town’ al que siguió, ya en el bis, con un épico e insuperable ‘Midnight radio’.


El folk luminoso y positivista de Herman Düne supo a poco después de una explosión de rock, sentimiento y energía tan conmovodera, pero intentaron mantener el nivel. Presentaron su último trabajo, ‘Strange Moosic’, con algunos de sus temas más destacados – ‘Tell me something I don’t know’, para empezar, o ‘I hear strange moosic’ –, y repasaron anteriores obras con un celebrado ‘When the Sun rose up this morning’. Como Bigott el día anterior, su música parecía un poco fuera de lugar entre algunos de los miembros del cartel y muchos se quejaron de que empezara el concierto con sus mejores canciones. Resultaba llamativo que Néman Herman Düne llevara una camiseta de Wooden Shjips, pero más adelante se descubrió la explicación…


No con Sidonie. El conjunto catalán resultaba, a priori, la propuesta más comercial del cartel. Pop-rock para masas. El claustro más lleno que nunca. ‘La sombra’ para comenzar. ‘Fascinado’, casi seguido. Todo según el plan. Sin embargo, pronto llegaron tintes psicodélicos que recordaban a su primera época, embadurnada de George Harrison o The Beach Boys. Marc Ros cantó una de su último disco, ‘A mil años luz’ – ya el título recuerda a experimentos psicodélicos como el ‘2000 light years from home’ de los Rolling Stones -, y las guitarras de tradición sesentera se empezaron a dejar oír. Sorpresa total. ‘El bosque’, a petición del público, con una mezcla de blues y psicodelia mantuvo al grupo en la senda que no debería haber abandonado. Hacia el final cayeron otros clásicos de su época más comercial, como ‘El incendio’, pero ya habían dejado claro que algo había cambiado en Sidonie.


Tocaba descubrir el por qué de la camiseta de Néman, y no es que Herman Düne volviera a salir al escenario, sino que, como buen Dr. Jekyll y Mr. Hyde que es, su música positivista esconde un reverso tenebroso, Zombie Zombie, un dúo que lo integra junto al tecladista Etienne Jaumet y que lleva las bandas sonoras de John Carpenter al campo de la música electrónica experimental. Sí, el mismo de ‘La cosa’ o ‘1997: Rescate en Nueva York’. Una experiencia que puede entenderse como música de terror para bailar, pero muy alejado de los zombis de Michael Jackson al ritmo de Thriller.

Zombie Zombie le sirve también para demostrar su talento a las baquetas imitando de forma casi impoluta ritmos maquinales a velocidad neutrina, algo impensable con los Düne.


Eso sí, para ritmos maquinales, los K-X-P. Industriales, infernales, oscuros, opresivos, martilleantes, metronómicos. Lo suyo es música del averno. Claro que, viniendo de Finlandia, tierra de ‘death’ y ‘doom metal’ a gogó, esto era de esperar.

No obstante, esto no tiene nada que ver con el metal, pero bebe de la misma filosofía. En el escenario parecen los miembros de una secta satánica que van a convertirnos a la adoración a Satán a través de mensajes subliminales. Trío de bajo – ‘headless’ -, teclado y batería que juntos tocan algo semejante al ‘industrial’, el ‘kraut’, el ‘disco’ y la electrónica.

Como cierre de festival, son cojonudos. ’18 hours of love’ despierta instintos primitivos y básicos, de cuando la humanidad vivía en tribus y bailaba en comunidad, al son del dios de turno. ‘Elephant man’ golpea una y otra vez hasta dejarte sin sentido. Música irracional para cuerpos a los que todavía les quedaba gasolina suficiente después de cuatro días consecutivos de música sin parar. No muchos, quizás, pero totalmente entregados.


Las despedidas son siempre amargas. Hay festivales impersonales, con carteles impersonales, que tanto valen para un festival veraniego en la costa levantina como en la lusitana. Festivales, en definitiva, que son la tapadera de una fiesta sin fin destinada a gente sin prejuicios para drogarse. Clónicos. Luego están los festivales de corte mediano, diseñados de principio a fin con un sentido explícito más allá del puro jolgorio. Éstos son los irrepetibles. Los que los aficionados a la música no se pueden perder. Monkey Week es uno de ellos. Hasta el año que viene, con fortuna.





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CRÓNICA WOLFEST JORNADA DEL 23 OCTUBRE por Alex Ru...

CRÓNICA WOLFEST JORNADA DEL 23 OCTUBRE por Alex Ruiz y Mario Martín.


Diez bandas. Cinco horas de música casi ininterrumpida. El “festival-concurso” Wolfest toma de nuevo como escenario la Sala Heineken para celebrar su duodécima edición. Se dice pronto. Consagrado ya como una cita imprescindible para los nuevos talentos, costaba pensar que, tras tantos y tantos grupos que han desfilado por su escenario, quedaran todavía sorpresas que descubrir. Pero obviamente ese pensamiento era un error.
 

El nivel fue tan elevado como el número de propuestas que se dieron cita en el escenario. Empezó Clan McAgüen mezclando jazz, funk y rock a partes iguales. La experimentada banda mostraba una impresionante alineación en la que dominaba una sección de viento que ahogaba constantemente a los demás instrumentos, si bien la dupla hombre-mujer de la que hacían gala no acabó de animar del todo al público y se mostraron más voluntariosos que efectivos.


Pictured marcó desde un inicio el nadir de la tarde-noche. Una cover mal planteada de Arctic Monkeys, una continua ida y venida de imprecisiones y errores y un concierto más largo de la cuenta (les tuvieron que echar de mala manera) hacían presagiar lo peor, pero, afortunadamente, este espectáculo no se volvió a repetir. Su pop-rock convencional dio paso a uno de los grupos más originales de todo el festival. Alberto Azul, que, pese al nombre, es un grupo muy nutrido, puso sobre la mesa un set de canciones que iba desde una cantada en rumano (y confiamos en que no mintieran al presentarla así) hasta una cover sui generis del Ring of Fire de Johnny Cash. Indie-pop agradable y un soplo de aire fresco que, a pesar de ello, no alcanzaba el nivel técnico de otros grupos.


Por ejemplo, el nivel de Depósitos. Alegres, soleados, rítmicos, bailables… Muchos calificativos se les podrían poner a este rock latino (en el sentido amplio de la palabra) que incluía todo tipo de influencia mientras fuera vitalista. Se llevaron el premio del público, y no es para menos. Su media hora pasó en un suspiro e impresionaba ver cómo se intercambiaban los instrumentos entre todos los integrantes, demostrando una perfecta integración como conjunto.


Control de Gravedad supuso otra bajada de nivel, pero menor que la anterior, y es que podría hablarse de ellos como de unos Pictured mucho mejor plantados, con mejores canciones, más trabajadas, sin errores y mejor actitud en el escenario. Con ellos cerramos la primera mitad de la jornada, pero lo mejor estaba por llegar.


Los irónicamente nombrados Acusttica dieron el toque de hard rock que faltaba y se atrevieron con los sonidos más profundamente americanos de todo el festival. Cerraron su concierto con un tema country para el que sacaron sus mejores galas: sombreros de cowboy, gafas de sol y guitarra, esta vez sí, acústica. Entretanto, solos de gran calidad, riffs pegadizos y un claro amor por el rock ‘n’ roll fueron los ingredientes de un buen concierto que movió a uno de los grupos más numerosos de la sala.


Una pena que Roaddown, los grandes triunfadores de la noche, no congregara a tanta gente, porque se perdieron algo realmente memorable. Muy pocos, por no decir ninguno, podían alcanzar el nivel técnico que exhibieron estos muchachos tocando un post-grunge cercano a grupos como Nickelback o Creed. A pesar de no ser aficionado, parecía claro que nadie había dado como ellos esa sensación de profesionalidad que transmitieron.


Sin embargo, quizás el gran triunfador de verdad fue el jovencísimo John Willwood, no por lo que tocó (tres covers y pocos temas propios armado exclusivamente con una guitarra) sino por cumplir una ilusión vital: tocar en la Sala Heineken ante familiares y amigos. No fue competencia para los demás, ni lo pretendió. Orlean sí que lo fueron. La penúltima banda comenzó titubeante, pero pronto afianzó sobre el escenario un set de canciones pegadizas, divertidas y con mucha energía y ello les valió otro de los premios otorgados esa misma noche.


No obstante, la lucha estuvo reñida hasta el final. Invidentes quiso plantar guerra con, quizás, el mejor vocalista de todos. Mostró un repertorio impresionante hasta el final y una energía desbordante. En un movimiento a lo Flaming Lips, su espectáculo se tiñó de color al repartir globos a un público que no dudó en inflarlos y jugar con ellos por toda la sala. A cada grupo que pasaba los del jurado nos desesperábamos cada vez más. “Nos lo están poniendo muy difícil” era la frase más sonada de toda la noche. Una frase que esperamos escuchar de nuevo en la próxima edición del Wolfest, este domingo.


 

Crónica del concierto de M.O.T.O por Alex Ruíz.

Crónica del concierto de M.O.T.O por Alex Ruíz.


Masters Of The Obvious (M.O.T.O. de ahora en adelante, que es como realmente se hacen llamar) es para mí lo que los ingleses llaman un ‘guilty pleasure’, una de esas aficiones que no te atreves a confesar porque te pueden dejar en mal lugar, pero de las que todo el mundo tiene una o dos (en mi caso, más). El pop-punk de M.O.T.O. es tan simple como su formación, un dúo guitarrista-baterista liderado por el bufón (en el buen sentido de la palabra) Paul Caporino, pero la simpleza jamás se llevó mal con la capacidad de disfrute (más bien al contrario).
 

Quizás por su condición de guasón, los teloneros no podían ser otros que Puerto Banús. Un servidor, que además tiene familia en Marbella ciudad, no podía sino hacerse preguntas sobre la banda (“¿Qué tocarán? ¿Por qué se llamarán así? ¿Serán de la zona?”). Obviamente no. El cachondeo se hacía patente en cada sílaba, letal y venenosa y con un marcado aire de la Movida. Títulos descacharrantes y gamberros como ‘Me gusta vestirme en plan putón’, ‘Quiero ser como La Lomana’, ‘Por Rodrigo Rato Mato’ o ‘Ya es primavera en El Corte Inglés’  se acompañan de ese punk ‘espídico’ al estilo del clásico ‘Me pica un huevo’. Las inspiraciones están claras: Kaká Deluxe, Glutamato Ye-Yé o Alaska, y otros incontables ‘movideros’. Al menos en las letras, que rezuman esa caspa de la España popular, aunque según ellos, sean de “letras sofisticadas en música rudimentaria”.


Exageraban. M.O.T.O. hacía gala de un menor número de trucos que sus teloneros, pero lo hacían con una gran profesionalidad, transitando el camino entre el ‘pop-punk’ y el ‘power-pop’ con un marcado toque gamberro. 30 años de una carrera irregular y oscura han curtido a Caporino, que se presentó luciendo canas, en todo tipo de lides y se desquitó con un set en el que sus mejores éxitos eran tocados sin fisuras. Si bien empezó adecuadamente para un domingo con ‘Month of Sundays’, una canción relativamente menor en su discografía, pronto siguieron temas de marcada sensibilidad pop como ‘Breaking up is the hardest thing’ o ‘Gonna get drunk tonight’.


El aspecto rudo de Caporino engaña, porque si bien se puede permitir temas ácidos como ‘It tastes just like milkshake’ o ‘The chicks can tell’, también es capaz de ponerse sentimental con ‘Choking on your insides’ o el fenomenal (y quizás mejor tema de su discografía) ‘Magic words’. Quizás se echó en falta otros de sus temas más conocidos como ‘2-4-6-8 Rock ‘N’ Roll’ o ‘Crystallize My Penis’, pero, como dijo el propio Caporino, el día de ayer iba a cantar muchas baladas, y lo cumplió.


Esa decisión pudo valerle que los pocos asistentes estuviéramos algo parados y que al concierto le faltara algo de nervio, pero no puede negársele su gran experiencia al frente de un micrófono. Caporino sabe que no es un imprescindible, pero lo asume de la mejor forma posible y ofreció un buen espectáculo para sus seguidores, aunque fueran pocos.


CRÓNICA DE LOS CUANTOS EN LA SALA NASTI por Alex R...

CRÓNICA DE LOS CUANTOS EN LA SALA NASTI por Alex Ruíz.


Que un concierto de tales dimensiones se celebre un jueves es, cuanto menos, inexplicable. No por su capacidad de atracción de público, obviamente. Aunque sus músicos estén curtidos en mil batallas en el ‘underground’ madrileño, Tom Bennet y Los Cuantos son incapaces de llenar salas enormes hasta los topes, pero la calidad que atesoran sus propuestas, especialmente la de los segundos, les debería asegurar mejores fechas. Como decía el propio Kim Warsén, su cantante, “mañana tenemos que trabajar”… aunque luego apostillara: “¡De prostitutas!”.


Sin embargo, el pasado jueves trabajaron de músicos. De los de más alta clase. Pero estoy adelantando acontecimientos. Mientras la Sala Nasti se iba llenando a duras penas, el polifacético, hiperactivo, lady-killer Tom Bennet se vestió con sus mejores galas y dio un recital de rock sesentero sobre el escenario bailando como un rejuvenecido Tom Jones y moviéndose como un resucitado Lux Interior. Armado con toda suerte de secuenciadores y samplers, el conjunto nuclear formado por batería, teclado y voz – y maracas, si se me permite la matización – insufló aire fresco a sonidos tan erróneamente atávicos como el ‘latin r&b’, ‘boogaloo’ o el ‘twist’. Empezó con ‘The reason why I love you’ para seguir con uno de sus mejores temas, ‘Counting babes, baby’. Toda una declaración de intenciones de este seductor moderno. La temperatura corporal de Bennet iba subiendo con cada tema y parecía que si no acababa pronto podría llegarse a caer rendido. ‘Finally loves me too’ le dejó sin americana, pero ‘Creepy monsters’ bien podría haberle dejado sin voz, un tema ramonesco y aceleradísimo en el que el tradicional “gabba gabba” pasaba a convertirse en “booga booga”.


Tom Bennet fue un calentamiento para lo que vino después, pero nada nos podía advertir de qué es lo que se nos venía encima exactamente. Bastó un par de minutos para descubrirlo. Básicamente lo que tardaron en calibrar sus instrumentos mientras repetían obstinadamente ese “love love love love love love love you” que da cuerpo a ‘Love love love’. El muro sónico que construían las guitarras de Javier Colis y Julen Palacios recordó que lo de Bennet estaba muy bien, pero faltaban los preciados instrumentos de cuerda para redondearlo. Kim Warsen, sentado,  daba zapatazo tras zapatazo sobre el escenario en un ‘in crescendo’ perpetuo. Irónico que su disco debut se llame ‘Love love love’, ya que se le ajustaba mejor un ‘Hate hate hate’. O al menos un ‘Hate love hate’, porque lo que había ahí era verdadera pasión, verdadero amor por las posibilidades catárquicas y ansiolíticas del ‘rock & roll’.


Pero yo en ese momento pensaba que él estaba poseído por un demonio, un ogro devora-almas vestido de traje. Sus movimientos eran impredecibles. Tan pronto le daba la vuelta a la silla para hacer un dueto con la estupenda teclista Gloria March como bajaba del escenario y daba vueltas mientras cantaba. Pese a que es un lugar común, hubo calma previa a la tormenta. Cuando Warsen anunció que “la próxima será de amor”, se volvió a sentar aparentemente relajado, e interpretó de una forma totalmente convincente su ‘His eyes keep moving towards her’.


El concierto no podía extenderse más allá de las 00.00 horas, y, pese a lo que nos hubiese gustado, anunciaron la última con ‘Hang me high lord’. Warsen estaba de pie, en el centro, y todo lo que se podía ver a su alrededor era caos – o esa es la impresión que daba. Ese pequeño diablo sacó su trompeta, que usó varias veces a lo largo de la sesión, e intentó elevarla por encima de esa barrera que creaban los demás miembros del grupo sin éxito. La estampa solo contribuía a afianzar esa imagen de anarquía total.


Sin embargo, todavía había dos o tres minutos que podrían llenarse con más música del infierno y March avisó: “vamos a tocar otra. Si nos cortan, se acabó”. Pillando la señal de su compañera, el creativo baterista Adrián Ceballos tocó a 400 BPM. El moderno ‘blues-rock’ distorsionado, pegajoso y sucio que venían tocando añadió la etiqueta de ‘punk’, por si no era suficiente con ver la actitud de Warsen en el escenario. La síntesis en dos minutos de lo que fue el concierto: un absoluto desconcierto.

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Crónica y foto realizada por Alex Ruíz.